Un día de este verano había bajado a correr a última hora de la tarde al cauce del antiguo río Turia, privilegio del que disponemos los que vivimos en Valencia y que considero un auténtico lujo.

Cuando ya había terminado mi entrenamiento y me disponía a volver a casa con la satisfacción reflejada en mi rostro, hubo una escena que llamó poderosamente mi atención, quizá incluso más que en otras ocasiones en que había presenciado cosas semejantes.

Junto a la pila de la fuente del Palau de la Música, aprovechando el frescor de las gotas de agua escapadas de la fuente, en una calurosa y húmeda tarde de verano en la ciudad, se reflejaba una escena enternecedora.

Una anciana muy anciana estaba sentada en una silla de ruedas y a su lado una guapa joven de aspecto árabe, con un pañuelo que cubría sus cabellos, se encontraban enfrascadas en una animada conversación. No era como en otras ocasiones, en que la persona cuidada y su cuidadora están calladas sumidas cada una en sus pensamientos. Quise, desde lejos, entender de que podían estar hablando dos personas tan separadas por la edad y sin duda por grandes determinantes culturales y parecía como si la de más edad estuviera aconsejando a la más joven, eso es lo que podía elucubrar por su lenguaje corporal, aunque esto son sólo suposiciones mías.

Pero sí que me emocionó el halo intimista que desprendía la escena, en la que parecían más una pareja de amigas o incluso una abuela y su nieta. Los gestos atentos y cariñosos de la cuidadora eran constantes y eso me hizo pensar en lo que ésta habría ya dejado atrás a pesar de su juventud. Un país, una familia y una cultura propia para marchar a otro país y a otra cultura a cuidar a alguien que no es de su familia, pero que como ya viene siendo habitual en estos tiempos que vivimos se enriquece del respeto a los mayores que se profesa en  estas sociedades.

Sin duda que en el fondo era una relación profesional realizada a cambio de unos honorarios, pero lo que no se podía negar es que se efectuaba con gusto, amor y delicadeza.

Esos pequeños gestos, que translucían esos sentimientos de los que estoy hablando son los que me emocionaron y los que me hicieron pensar que en este caso se veía la cara más amable del encuentro entre dos culturas, sin duda lejanas, pero en ese momento estrechamente unidas.

Esa tarde de verano, calurosa y húmeda, mi sonrisa de satisfacción al terminar de entrenar tenía un motivo añadido.

La otra noche viendo la televisión después de cenar, en un conocido programa de entretenimiento, apareció una persona que atrajo de modo inmediato mi atención. Se trataba de un hombre, egipcio creo recordar, que se dedicaba a jugar, profesionalmente, al tenis de mesa y había ganado diversas competiciones en esta modalidad.

Hasta aquí nada de especial, pero lo que sí era especial es que a raíz de un accidente había perdido los dos brazos, seccionados a la altura de los hombros y para sostener la pala de ping-pong utilizaba la boca. Demostraba una habilidad pasmosa, logrando que el verle jugar se transformase en una escena hipnótica de la que no podías apartar la mirada, con una mezcla de sorpresa y admiración, sobre todo esto último.

Estuvo haciendo una serie de demostraciones, jugando con los invitados e incluso con el campeón de España, en un alarde de técnica y destreza.

En uno de los momentos de descanso uno de los invitados al programa le hizo la siguiente pregunta: “¿Cuándo eras mejor jugando, antes o ahora?”, a lo que el deportista le respondió: “Antes no había jugado nunca”. Estas historias de superación personal son las que son capaces de sorprenderme de una forma más potente. “Antes no había jugado nunca”; no serían suficiente las dificultades que debió encarar tras el accidente, que además de superar todo eso se decidió por empezar a practicar un deporte que requiere tanta habilidad manual como el tenis de mesa, pero todo ello no sólo sin manos sino que también sin brazos.

Es entonces cuando te da por pensar que cualidades especiales debe reunir una persona para lograr hacer algo como eso, porque visto desde mi perspectiva son acciones propias de un súper-hombre. Alguien que decide superar la discapacidad que le ha producido un desgraciado accidente, pero no sólo desde el punto de vista de lograr una autonomía personal si no también de llegar a conseguir éxitos especiales en la ejecución de un deporte de habilidad.

Es la voluntad, el poder y la fuerza de la voluntad, que cuando ya crees que no vas a poder más, aparece y te impulsa a continuar, el poder de la mente que te obliga a no decaer y a seguir y seguir.

Me pareció un pasaje del programa sumamente educativo y del que todos podríamos extraer una serie de conclusiones que nos ayudarían a encarar nuestras dificultades, seguro que de mucha menos entidad que las que debió encarar en su día y todos los días esta persona, que desde luego cuenta con toda mi admiración por lo que ha sido capaz de lograr.

¡¡¡Bravo Campeón!!!

En el difícil trabajo de cuidar de una persona dependiente siempre aparecen dudas e indecisiones propias de la situación. Uno de lo principios que se debe respetar siempre es de la autonomía. Respetar la voluntad y la capacidad de decisión de las personas en cuanto a lo que les afecta personalmente.

Hay que ponerse en la piel de los ancianos, o de los dependientes en general. Conforme nos acercamos al final se pierden habilidades y energía, se sienten cada vez más inútiles y una carga para los demás. En ocasiones se deteriora su raciocinio siendo incapaces de tomar las decisiones más sencillas.

Se debe respetar, en lo posible, su capacidad de elegir. Los cuidadores, en ocasiones, tienden a sobreproteger a los ancianos, pensando que son incapaces de tener iniciativas por pequeñas que sean. Sin embargo, se debe fomentar su propia autonomía, pues no hacerlo incrementa su dependencia. Se debe estimular a la persona dependiente para que en lo posible mantenga sus habilidades. Todo ello enriquecerá su espíritu al sentirse útil.

La prolongación de la vida como resultado de los avances médicos y de la mayor calidad de vida de la que disfrutamos en la actualidad, nos encara con la nueva situación del cuidado de los mayores. Ante esta circunstancia que requiere tanta dedicación se corre el riesgo de olvidarse de uno mismo ante el importante desgaste físico y emocional que supone.

Se debe hacer un alto y tener en cuenta también las propias necesidades y cuando se están superando las capacidades propias.

Ofrecer un trato digno a nuestros mayores es dar continuidad a la cadena honrando nuestro pasado, es posible que el día de mañana estemos en una situación similar. Pero para ello se deben contar con las fuerzas necesarias para solventar las dificultades físicas y emocionales que la situación conlleva.

“Envejecer es como escalar una montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, amplia y serena”.

(Ingmar Bergman)

Ahora que tanto se habla y se escribe sobre la Accesibilidad Universal, me llama la atención que únicamente se pretenda unificar criterios en cuanto a la eliminación de barreras arquitectónicas en espacios públicos, con la seguridad de que lo que facilita la vida del “discapacitado” también redunda en una mayor calidad de vida del “capacitado”. A ello se dedican todos los esfuerzos, pero nadie se plantea el unificar criterios en la accesibilidad interior de las viviendas.

Actualmente la ejecución de las edificaciones residenciales se realiza siempre siguiendo los criterios estándar de capacidad, esto es se proyecta y se construye para personas con todas sus capacidades funcionales intactas y cuando se cuenta con alguna diversidad funcional, la adaptación de la vivienda a estas necesidades especiales se realiza con una inversión privada del propietario de la misma.

Y ¿por qué si se están unificando criterios para la eliminación de obstáculos en espacios públicos no se hace lo mismo en los espacios privados?

Claramente el aprovechamiento de las superficies es más sencillo cuando no existen requerimientos especiales para la movilidad, que obligue a anchuras sobredimensionadas de pasillos y paso de puertas. Pero un mínimo de variabilidad en estos aspectos, facilitaría la adaptación de un piso estándar para una persona con movilidad reducida o que incluso precise de una silla de ruedas para sus desplazamientos.

Se deberían contemplar unos aspectos mínimos que no supondrían grandes esfuerzos proyectuales o mermas en el espacio destinado a estancias útiles y que facilitarían sustancialmente la adaptación de estas personas con diversidad funcional.

La amplitud del paso de puertas, las puertas correderas cuando fueran necesarias, la desaparición de obstáculos para acceder a la ducha, la facilidad de acceso a los aparatos sanitarios, la racionalización en la organización del interior de los armarios, la implementación de una domótica básica…

Es decir, pequeñas mejoras que redundarían en beneficio de todas las personas, en el momento de plena capacidad y más aún cuando los años u otros factores generen cierta incapacidad, no obligando a costosas reformas que no siempre son asumibles para eliminar las barreras privadas.

Se dice que las personas con discapacidad tienen necesidades especiales, pero lo que tienen son necesidades comunes a todos, aunque para satisfacerlas requieran ayudas especiales. La tecnología en estos casos puede resultar un aliado de gran ayuda.

En los últimos tiempos los avances técnicos han experimentado un avance exponencial, podemos tener tecnología puntera a un menor coste, lo que ayuda a que ésta pueda estar al alcance de todos.

¿De todos? ¿Qué ocurre en el campo de la tecnología para discapacitados? Según se refleja en la mayor parte de estudios las personas con discapacidad, en términos generales, no sólo no están excluidas de las nuevas tecnologías, sino que son usuarios muy activos, siendo el económico el principal obstáculo para hacerse con herramientas tecnológicas o informáticas avanzadas.

Pero a la hora de la verdad nos encontramos que, efectivamente, las nuevas tecnologías llevan años haciendo más fácil la vida de la mayoría de la población y cada día se inventan nuevos aparatos o aplicaciones que disminuyen el trabajo y el esfuerzo humano. Pero su enorme potencial no es aprovechado para las personas discapacitadas, cuya accesibilidad a las tecnologías de la información y la comunicación es muy escasa todavía.

Mientras Internet y la telefonía móvil son las que mejor se han adaptado a las necesidades de las personas discapacitadas, las tecnologías clásicas ­­–  radio, televisión, telefonía fija, cajeros automáticos o máquinas expendedoras – son las que presentan mayores limitaciones en cuanto a la accesibilidad.

Una cosa está clara, sino se facilita el acceso de los individuos con discapacidad a herramientas tecnológicas adaptadas a sus limitaciones, se abrirá un abismo con la población que no precisa de estas adaptaciones, provocando su marginación ante el progreso, lo que es inaceptable.

No hay que olvidar que el discapacitado es una persona normal y corriente que precisa de las herramientas tecnológicas necesarias para poder desenvolverse con normalidad.

Algunos de los aparatos clásicos, como los cajeros automáticos, están absolutamente obsoletos, ya que sólo puede usarlos una parte de la población. A la hora de rediseñar se debe tener en cuenta que poner en marcha una tecnología accesible desde su inicio no supone un gasto adicional, mientras que los costes para adaptar algo ya hecho sí que son elevados.

Todos estos utensilios puestos al servicio de las personas con discapacidad mejoran su calidad de vida y hacen posible su acceso al empleo. Lo que contribuye a introducir la normalidad en sus vidas facilitando su integración social.

En los últimos tiempos se ha producido una evolución muy importante en el campo del deporte para discapacitados. Los Juegos Paralímpicos se han equiparado en muchos aspectos a los Juegos Olímpicos y, aunque con ciertas diferencias, cuentan ya con una importante difusión a través de los medios.

Con todo ello se busca la consecución de un fin, que es la integración en la sociedad que el deporte les aporta.

Aunque, para ello, se deberían eliminar aún más las distancias; como podría ser la unificación de los deportistas discapacitados con el resto de deportistas en el deporte de base. Este hecho ayudaría a la incorporación verdadera de las personas discapacitadas en la sociedad, buscando su normalización.

Es evidente que la motricidad es parte esencial de la vida de cualquier sujeto, es a partir del movimiento que el niño aprende, se conoce y establece contacto con las personas y cosas que le rodean. Y como parte fundamental del cultivo de esa motricidad se integra la práctica del deporte para cualquier persona y en especial para la discapacitada.

No hay duda sobre el beneficio de la práctica del deporte.

  1. Desarrollo de potencia muscular y resistencia a la fatiga.
  2. Mejor funcionamiento de las funciones vitales, especialmente la respiratoria, cardiovascular y renal.
  3. Desarrollo del sentimiento de autoestima y el ajuste emocional.
  4. Incremento del validismo, que es la capacidad de valerse por sí mismo.
  5. Contribución a la socialización, desarrolla los sentimientos de pertenencia al grupo.
  6. Contribución a mejorar el soporte esquelético, evitando complicaciones como la descalcificación y la osteoporosis.
  7. Eliminación de la depresión y la ansiedad.
  8. Incremento de la participación del discapacitado en la actividades de su comunidad.
  9. Contribución a una mejor comprensión de las personas no discapacitadas sobre el problema que la discapacidad representa y la potencialidad de los afectados para integrarse socialmente.

La práctica de deportes forma parte del tratamiento, el tratamiento está en preservar la calidad de vida, en garantizar que la persona pueda disfrutar de su derecho a la vida, pero no sólo en el concepto de estar vivo, sino en el de la participación social. No se debe olvidar que la esencia de cualquier ejercicio está en devolver al individuo a la actividad social, incluso a pesar de tener secuelas invalidantes permanentes, lo que se logra con un plan de entrenamiento o un programa de rehabilitación asequible a su discapacidad.

El deporte y la calidad de vida son aspectos inseparables en el caso del discapacitado, ambos implican el disfrute, la participación colectiva y en esencia su mejor rendimiento funcional e integración social.

Pocas experiencias hay tan gratificantes como viajar. Ver paisajes desconocidos, descubrir ciudades, conocer culturas, vivir nuevas experiencias; hacer más amplio el tiempo vivido y enriquecer tu bagaje personal.

El viaje, sin duda, empieza antes de partir; siempre hay una fase de planificación y decisión que puede suponer la diferencia entre el éxito y el fracaso.

Esto que es muy importante ante cualquier salida que pretendamos hacer, multiplica su importancia exponencialmente cuando el viajero es una persona que padece algún tipo de diversidad funcional. Es en estos casos cuando se debe extremar al detalle toda planificación.

Lo más importante es programar el viaje con la suficiente antelación en previsión de los problemas con los que se pueda encontrar, reservando el hotel con tiempo y estudiando sin reúne todas las condiciones necesarias para el discapacitado.

No se debe dejar nada al azar, todo debe estar previsto, si se precisa alquilar un vehículo adaptado se debe reservar con la antelación suficiente. Así como informar al hotel y a la compañía aérea de las necesidades especiales que se tienen.

Hay que llegar al aeropuerto con un margen de tiempo suficiente para estar tranquilo y guardar todo lo que nos pueda ser imprescindible en el equipaje de mano; llevando todos los teléfonos que puedan resultar útiles y conociendo de memoria todos los medicamentos que se estén tomando.

Sin duda lo mejor es viajar siempre acompañado y si se padece una diversidad funcional con más razón, ya que si se presenta una situación complicada se podrá recibir la ayuda necesaria, puesto que no siempre y en todas partes se va a poder ser totalmente autónomo.

Pero esto no debe ser una disculpa para no viajar con discapacidad. Hay gran cantidad de destinos en los que no va a suponer ningún problema, al menos ningún problema insalvable que nos aconseje quedarnos en casa, y seguro que a la vuelta se podrá comprobar que este tipo de experiencias también forman a la persona discapacitada para explorar al límite su nivel de autonomía, así como a resolver problemas o situaciones embarazosas que le demostrarán que puede seguir haciendo y disfrutando muchas cosas.

Por todo ello, si te gusta viajar pero padeces algún tipo de discapacidad hay que animarse a hacer estas actividades que alimentan el ánimo y el espíritu, pero siempre con la precaución de haber hecho antes una buena planificación.

Hay historias de superación personal que impresionan al escucharlas. Personas como todas las demás pero que esconden en su interior una capacidad y una fuerza que no parecen humanas, pero que lo son con todas las letras.

Hemos visto en los últimos días en televisión la noticia de que una joven sordociega ha sido la primera persona con este tipo de diversidad funcional que ha conseguido, midiéndose en las aulas con personas sin ninguna discapacidad, lograr el premio de la titulación.

Este hecho es impresionante y reviste un mérito del que es difícil hacerse idea; hay que tener presente que las dificultades para esta persona han sido inigualablemente superiores a las que puede tener cualquier estudiante que no padece ningún problema. No son solamente la dureza de las aulas y la dificultad de los exámenes, es la dureza y la dificultad del día a día, de cada minuto.

Cuando escuchas estas noticias es cuando uno se da cuenta de la verdadera capacidad del ser humano para superar las adversidades en busca de un sueño, de una ilusión. Cuántas veces uno se siente derrotado ante dificultades cotidianas y valora la posibilidad de arrojar la toalla.

Esfuerzo y superación, palabras mágicas que enfocan el camino y proporcionan fuerzas para lograr lo que uno ansía. Palabras mágicas que adquieren un significado especial cuando el reto que se presenta es incomparablemente superior al que cualquier persona sin discapacidad debe afrontar a lo largo de su vida.

Nacer con un problema de diversidad funcional como éste que desde el momento de llegar al mundo te impide el desarrollo de una vida dentro de los parámetros de normalidad que todos tenemos. Ante esto sólo se puede rendir admiración.

Este tipo de noticias ilusionan, valoras que si una persona puede lograr algo así todos llevamos dentro la capacidad y la fuerza para emular, desde la humildad, resultados semejantes. Hay algo en el interior de todas las personas que muchas veces desconocemos, la fuerza y la ambición para superar todo tipo de situaciones.

Qué poco me gusta cuando se califica de discapacitada a una persona capaz de conseguir algo semejante y cuánto debemos aprender de su voluntad, capacidad de sacrificio y resiliencia. Gracias por tu ejemplo.

Hay una palabra que últimamente se utiliza de forma continua y que hasta hace poco tiempo la mayoría de las personas desconocían cual era su significado. Esta palabra es sinergia, que se puede definir como la unión de varias fuerzas para lograr una mayor efectividad en el resultado final.

Esta palabra, de nuevo cuño, se emplea en el ámbito empresarial para explicar las ventajas de contar con la energía de varias personas para conseguir mejores resultados; pero yo pienso que viene estupendamente para explicar la relación entre un cuidador de una persona mayor, un enfermo o alguien con diversidad funcional, que precise de ayuda para alcanzar sus objetivos y la persona a la que cuida.

El vínculo entre un cuidador y su paciente está cargado de afectividad y complicidad, ya que la relación diaria y la situación de dependencia de la persona cuidada, sin duda, genera o debe generar toda una serie de emociones personales que enriquecerán una relación que, en gran número de ocasiones, no cuenta con lazos familiares.

Es una necesidad de la sociedad que esta figura del cuidador se profesionalice al máximo y cobre la importancia que merece, ya que de la profesionalidad y buen hacer del cuidador puede depender una recuperación de la discapacidad o si no, al menos, un retraso en la pérdida de las facultades de las que todavía se dispone.

De ahí que se deben empezar a incorporar a este trabajo tácticas profesionales, para conseguir los máximos resultados en esta labor, que lo que debe generar es esa sinergia enfermo-cuidador a la que me estoy refiriendo. Uniendo las fuerzas para, trabajando en conjunto, conseguir los mejores rendimientos.

Es cierto que el ámbito de los cuidadores todavía está embebido de cierto “amateurismo”, propio de una profesión que se puede considerar relativamente reciente, aunque ha cobrado un gran auge en los últimos tiempos debido, principalmente, a la mayor longevidad de las personas y a una menor disponibilidad de tiempo por parte de las familias, junto con una mayor conciencia por parte de éstas de que es necesaria, en muchas ocasiones, la ayuda de personal externo del núcleo familiar para el cuidado de personas en situación de dependencia de larga duración.

Todo ello ha llevado a que, cada vez más, muchas personas que se dedicaban a trabajos domésticos se orienten al cuidado de personas con movilidad reducida o diversidad funcional.

Pero no olvidemos nunca que no sólo se pretende un trabajo de acompañamiento, sino que la formación y profesionalidad de los cuidadores se debe enfocar a producir sinergia con el paciente, con la finalidad de que esta labor de cuidar genere los mejores resultados posibles.

La insuficiencia, la imposibilidad de ser absolutamente autónomos genera dependencia, por lo que se puede deducir que la suficiencia produce independencia. Pero la insuficiencia referida está definida por los parámetros en los que nos movemos habitualmente.

Pero ¿por qué la insuficiencia física es más importante que la insuficiencia que se puede generar por el desconocimiento de la tecnología actual?. Es posible pensar  que se esté creando un nuevo tipo de discapacitados, los discapacitados tecnológicos.

Se puede imaginar que en un futuro no muy lejano, la discapacidad y la dependencia, no vengan como resultado de una diversidad funcional en el conjunto de las habilidades físicas y mentales de una persona. Es posible suponer que en el momento que exista una accesibilidad universal, la discapacidad sea generada por la falta de capacidad de la persona para desenvolverse en una sociedad sumamente tecnificada y la dependencia se produzca como resultado de precisar la ayuda de otra persona para poder gozar de autonomía suficiente en la vida diaria.

Esta hipótesis, un tanto futurista, pero tampoco demasiado descabellada, viene a cuento para que todos seamos capaces de darnos cuenta y recapacitar sobre la necesidad de eliminar todo tipo de barreras físicas, que impiden a las personas discapacitadas el desarrollo de las actividades normales.

Normalmente, las personas con todas sus funciones intactas, están de acuerdo en que se adopten medidas para hacer la ciudad accesible, pero a no ser que el problema les afecte directamente, tampoco son muy conscientes de si esto se cumple o no se cumple y no perciben los problemas y obstáculos que aparecen constantemente ante una persona discapacitada.

Pero así como ninguno podemos decir que seamos inmunes y que nunca padeceremos discapacidad, también tenemos que pensar que esta discapacidad y esta dependencia, en no mucho tiempo, puede darse como resultado del avance de la tecnología que puede hacer que necesitemos de ayuda profesional para casi cualquier cosa.

La aparición de estos problemas nos podría hacer a todos más humanos a la hora de exigir el cumplimiento de los principios de la accesibilidad universal. Se podría estar gestando la aparición de los discapacitados tecnológicos.