Es fácil deducir que cuando hablamos de los problemas de los cuidadores familiares, entendiendo como tales los cuidadores sin formación profesional para el desempeño de las labores de cuidador y que no cobran ningún tipo de salario por el desempeño de este trabajo, éstos se pueden reducir a uno solo, que suele ser la causa o el detonante de todos los demás y no es otro que la incapacidad de delegar.

Éste no es un problema exclusivo de este colectivo, ocurre en todos los trabajos, habitualmente por falta de confianza en la capacidad de otras personas y por pensar que nadie puede hacer ciertas cosas como uno mismo.

Es cierto que todo esto encierra cierta verdad, pero no es menos cierto que si no se delega y se enseña a otras personas a resolver los problemas como a uno le gustaría, siempre toda la carga de trabajo recaerá sobre uno mismo y desmotivará a las personas del entorno a implicarse de forma absoluta en la consecución de resultados. Así mismo, no es menos cierto que el egoísmo humano hará que nos despreocupemos si percibimos que otro quiere asumir la carga – “no, si a él le gusta hacerlo” -.

En muchas ocasiones y en demasiadas familias no queda más remedio, por falta de recursos para contar con personal profesional y escasez de miembros que puedan hacerse cargo de la situación; ya sea por cuestiones de edad, de trabajo, falta de disponibilidad o cualquier otra circunstancia.

Ahora, el cuidador familiar que sí pueda optar por reclamar y conseguir ayuda, debe olvidarse de sus propios temores o falsas creencias, como suele ser la de que “nadie le va a cuidar como le cuido yo” y ser consciente de la insalubridad de abandonar su propia vida para entregarse al cuidado de otra persona, ya que esta circunstancia, a la larga, sólo le aportará, en la mayor parte de los casos, amargura y depresión.

Hay que ser consciente de hasta donde se puede llegar, ser plenamente cabal a la hora de valorar que límites no se pueden rebasar y siempre que exista la más mínima posibilidad, ser capaz de pedir y aceptar ayuda, ya sea profesional, familiar o proveniente de amistades.

La propia salud del cuidador y con ello la salud de la persona cuidada dependen de que se consiga estructurar, con lógica y equilibrio, el cuidado de la vida de otra persona, pero sin descuidar el cuidado de la propia.

Y pensar, que a pesar de mantener el rol de cuidador principal, siempre es beneficioso para todos el poder delegar, en ciertos momentos, la responsabilidad aplastante del cuidado de otra vida, que depende de la ayuda del cuidador para salir adelante.

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