ARISTAS DEL CARÁCTER

Mucho se ha hablado y se habla de las dificultades constantes, en el trabajo, de un cuidador de personas mayores; la exigencia, la dedicación, la constancia que exige esta labor y que en la mayoría de las ocasiones no se ve recompensada suficientemente.

Cuando se trata de un familiar el que realiza la función, quizás por la proximidad afectiva, pueden no ser tan necesarios los gestos de reconocimiento ante su trabajo, pero cuando se trata de un cuidador profesional no podemos olvidar que siempre dedica algo más que una parte de su tiempo a cambio de un salario, también se entrega una parte de la propia vida para mejorar la realización de la de otra persona.

Pero a lo que quiero referirme es a uno de los principales escollos, contra el que pueden chocar los deseos del propio cuidador por desarrollar de forma eficaz y generosa su trabajo, éste no es otro que los cambios de carácter que se pueden generar en una persona dependiente de cierta edad.

Normalmente todos tenemos mejores y peores momentos y mejores y peores reacciones, pero cuando una persona va cumpliendo años y sobre todo cuando comienza la espiral de la pérdida de los recursos físicos, se produce una transformación en el carácter, que normalmente tiende a agriarse y a transformar a individuos que en otras etapas de su vida eran sociables, simpáticos y cariñosos, en personas soberbias, impertinentes y con reacciones que en muchos momentos pueden rayar la mala educación.

Ante estas situaciones muchos cuidadores no pueden evitar el tomarlo como un asunto personal, olvidando que son reacciones causadas por los muchos años, los problemas de salud y la merma continua en la calidad de vida de la persona dependiente, que actúa de una forma muy humana y es pagando su mal humor con la persona que tiene más cerca.

En este trabajo, el de cuidador, donde el nivel de exigencia es muy alto a la hora de ser capaz de convivir con personas de trato difícil, es fundamental el contar con una buena dosis de paciencia y de aguante ante estas circunstancias que se dan con mucha frecuencia, evitando el tomarse las cosas de forma personal, ya que no se trata más que de una consecuencia provocada por lo que ya se ha comentado anteriormente, los muchos años y los muchos achaques.

El cuidador tiene que tener muy claro quién es, dónde está y la labor que está realizando y es un signo de profesionalidad el mantenerse al margen, de verse afectado personalmente por determinados comportamientos o comentarios. En estos casos la paciencia, el cariño hacia su paciente y una personalidad marcada y definida es fundamental para poder comprender que se tratan de efectos secundarios de la situación y asumirlos como tales sin hacer de ello un asunto personal.

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