EL CUIDADOR Y LA FAMILIA

Lo habitual es que cuando una familia precisa los servicios de un cuidador  se acuda a ello por una cuestión de necesidad, al requerir  ayudas para la atención diaria de uno de sus miembros; ya sea por enfermedad, falta de movilidad o simplemente por la avanzada edad de la persona.

Es lógico que la familia sea consciente de las necesidades de la persona dependiente, y para ello traten de encontrar la ayuda más profesional posible.

Pero también ocurre muchas veces, que la familia no tiene asumida la situación de este miembro de la misma. Se piensa que su deterioro es algo temporal causado por cualquier causa externa y que remitirá, por sí mismo, con el paso del tiempo.

Cuando esto se produce en una persona de edad avanzada, lo más normal es que ya no vuelva a recuperar las habilidades perdidas, cuya pérdida se ha podido producir  por alguna enfermedad temporal, alguna fractura o simplemente por el deterioro físico y cognitivo que acompaña a muchas personas conforme van envejeciendo.

La familia, en muchas ocasiones, piensa que  todas esas facultades perdidas se recuperarán cuando pase el motivo por el que se han ido ocasionando. Pero lo más normal, es que cuando desaparezca la enfermedad ocasional o se reponga de la fractura producida por una caída o por cualquier otro motivo, todas esas habilidades desaparecidas nunca regresen y si se recuperan nunca será como antes.

Es habitual pensar que la presencia del cuidador va a ser algo temporal, que seguramente se le dejará de necesitar en un plazo de tiempo más o menos breve.

Llega un momento en la vida de las personas, que apuntan a una dependencia, que ya no se puede prescindir del cuidador, ya que su trabajo se hace fundamental en la vida diaria del paciente. Puesto que sin él no podría realizar todas las actividades que posibilitan su independencia y su autonomía personal. A partir de ese momento el cuidador pasa a ocupar su lugar en la familia y a entablar una estrecha relación con su paciente, que cuanto más estrecha sea redundará en un mejor resultado.

En  muchas familias molesta la presencia de personas que no pertenecen al núcleo familiar y cuya presencia es constante, ya que de ello depende, en buena medida, el bienestar del paciente. Por ello, se pretende limitar al máximo las horas que el cuidador debe estar en la vivienda.

Hay que verlo de otra forma, el cuidador no debe ser una presencia incómoda, sino el profesional que nos va a ayudar a que nuestro familiar progrese adecuadamente, pueda realizar todas las actividades que por sí solo ya no puede y se sienta acompañado y protegido.

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