EL RECHAZO AL CUIDADOR

Entre los problemas de todo tipo, que debe afrontar una familia, cuando decide la incorporación de un cuidador profesional para la atención de uno de sus miembros, aparece uno que no viene provocado por el aspecto económico o por motivos externos a la familia sino que viene provocado directamente por la persona que va a recibir la atención y cuidados.

Este no es otro que la negación por parte del enfermo de su situación actual, la no asunción de la perdida de capacidades o del deterioro físico y cognitivo, acarreando todo ello la nula disposición para aceptar en el domicilio a una persona externa que venga a ocuparse de su atención y asistencia.

¿Qué se puede hacer ante una coyuntura de este tipo? Sin duda puede llegar a ser complicada su resolución, porque aunque siempre se deben respetar las decisiones del enfermo en lo referente a su cuidado, en muchas ocasiones las personas dependientes pueden no ser plenamente conscientes del deterioro progresivo que les afecta.

Ante esta postura lo mejor es incorporar al profesional de una forma paulatina y suave, que la persona receptora de los cuidados vaya teniendo un contacto gradual y sosegado con su cuidador, que se vaya estableciendo una relación progresiva entre las dos personas y que comiencen a interactuar en el día a día para conseguir que se empiecen a producir ciertos avances.

Lo normal es que poco a poco y como resultado de todo ello, se inicie un proceso de acoplamiento entre cuidador y paciente que haga que todas esas acciones de la vida diaria que antes eran difícilmente realizables comiencen a manifestarse de forma diferente a cuando el enfermo estaba solo.

Todas las personas son susceptibles de percibir el interés y la dedicación e incluso el afecto, que puede transmitir un cuidador profesional, en la atención de la persona que cuida y nadie permanece impasible ante esto. Si la persona enferma o discapacitada se da cuenta de lo que el cuidador le aporta, tanto en la mejora de su autonomía ante las actividades cotidianas básicas como en la compañía que le proporciona, irá progresivamente aceptando su presencia y valorando lo que su atención le facilita.

Lo más normal es que al poco tiempo olvide completamente sus reticencias iniciales, aceptando de forma plena la presencia cotidiana y habitual del cuidador.

Hay que tener presente que en ocasiones esta reserva y desconfianza ante la incorporación de un cuidador profesional viene dada por el temor del enfermo a perder la presencia y la atención de su familia; pero si una vez incorporado el cuidador la familia sigue dedicándole parte de su tiempo y su compañía, la transición a la asistencia por parte de un cuidador será indudablemente más fácil.

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